Se estaban pagando las consecuencias de haber hecho caso omiso de Irak durante años. Los hombres repantigados en los sillones alrededor del director de la CIA eran espías veteranos que ya merodeaban el muro de Berlín antes de que el cemento se secase. Su experiencia era anterior a la época en que los chismes electrónicos empezaron a ocuparse de la recogida de datos secretos que antes se hacía personalmente.
Extracto de El puño de Dios, de Frederick Forsyth.
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